Juan Rebollo.

Hubo un tiempo en que los grupos humanos necesitaban de imponentes fortificaciones que otorgaran seguridad y defensa a territorios más o menos extensos y aseguraran el desarrollo de la vida cotidiana en espacios muy expuestos a ataques de enemigos políticos, religiosos u hombres fuera de la ley (ladrones, bandoleros). Pero aquellos enclaves no ejercían únicamente una labor militar, sino que cumplían asimismo una función social y económica determinante. Tanto era así, que los señores poseedores de tales fortalezas mantenían para con los habitantes de la tierra dependiente una relación estrecha de contraprestaciones en que la jerarquía se fundamentaba. Aquel sistema se llamaba feudalismo.

Lee la crónica de los miembros de la Asociación Profesional de Sociología de Castilla y León.

Sin embargo, aquella época feudal terminó y dio paso progresivo a un periodo en que los castillos dejaron de tener razón de existencia. Muchos de ellos desaparecieron, otros se adaptaron a nuevas demandas sociales y otros tantos comenzaron un proceso de arruinamiento en que aún hoy se encuentran. Este último es el caso del castillo de Trevejo, en la comarca extremeña de la Sierra de Gata, que debido a su deficiente estado de conservación está catalogado por la Asociación Hispania Nostra en la Lista Roja del patrimonio español en peligro por deterioro.

El pasado 30 de septiembre de 2015, un grupo de jóvenes interesados en la revitalización del mundo rural visitaban el castillo de Trevejo con el objetivo de descubrir las potencialidades que sus ruinas esconden, reflexionar sobre ellas y construir sobre las mismas los fundamentos que sirvan para una mejor comprensión histórica y actual de la Sierra de Gata y para proyectar hacia el futuro ideas que sustenten la vida activa de unos pueblos que se hallan también en peligro de muerte en nuestros días. La visita se enmarcaba dentro del programa de actividades del Encuentro juvenil Rural-Urbano organizado por las Asociaciones Ecoopera, Nutria y Vetones y que tuvo lugar en La Escuela del Bosque (término municipal de Hernán-Pérez) entre los días 28 de septiembre y 4 de octubre. Así, el acercamiento a Trevejo y a su Historia y patrimonio se presentó como una ocasión inmejorable para que personas instruidas, en su mayoría procedentes del ámbito urbano, conociesen la riqueza de este rincón de Extremadura y expusieran opiniones y proyectos que pudieran desarrollarse en zonas rurales como la comarca serragatina.

El origen de Trevejo se hunde en las tinieblas de la Historia y su topónimo parece remitir a época prerromana. Con la etapa visigoda se han relacionado las tumbas excavadas en roca que circundan la iglesia de San Juan Bautista. No obstante, la relevancia histórico-militar de este núcleo ha de adscribirse al periodo islámico, cuando el confín de al-Andalus en su frontera occidental quedó establecido en estas sierras del norte actual extremeño. Trevejo, junto a otras fortalezas y atalayas del entorno (Milana/Moraleja, Mazcoras/Santibañez el Alto, Almenara/Gata) ejercerían el control sobre las vías de comunicación que enlazaban el noroeste peninsular con Coria y los estratégicos puentes sobre el Tajo (Alcántara, Alconetar). Es a partir del siglo XII, en contexto del avance de los reinos cristianos hacia el sur del Sistema Central, cuando Trevejo toma una mayor presencia en las fuentes debido a su relevancia fronteriza. La fortaleza fue donada por los reyes de León en varias ocasiones a diferentes órdenes militares pero serían los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén, los llamados hospitalarios, los que dominarían Trevejo por tiempo más dilatado.

La mayoría de los restos que se conservan pertenecen a los siglos XV y XVI, cuando debieron de acometerse las más importantes labores de construcción y reconstrucción del castillo. Hay que tener en cuenta que Trevejo no abandonó su condición fronteriza tras su incorporación a la corona castellano-leonesa, puesto que una nueva frontera, la hispano-portuguesa, sucedió a la cristiano-musulmana en estas zonas del noroeste de Extremadura. Por ello, Trevejo y toda la Sierra de Gata se verían muy afectados por los conflictos que entre España y Portugal ocurrieron entre los siglos XVII y XIX. Y tal era el valor estratégico de Trevejo, que los soldados franceses de Napoleón dinamitaron la fortaleza en contexto de la guerra de la independencia para que aliados ibéricos y británicos no pudieran aprovecharse de un enclave tan cercano a Portugal. Las consecuencias de aquella destrucción se aprecian todavía hoy muy claramente cuando se visita el castillo. Desde entonces, el paso del tiempo y la dejadez de las instituciones han seguido arruinando la hermosa, antigua y romántica fortificación granítica. Las inclemencias del tiempo y la escasez de concienciación histórica de muchos visitantes pueden terminar por hacer desaparecer uno de los atractivos culturales más importantes del norte extremeño.

De aquella jornada en Trevejo se sacaron conclusiones muy interesantes extraídas de la puesta en común de impresiones y perspectivas diversas de los que allí se dieron cita y de otros tantos que participaron en otras actividades afines desarrolladas a lo largo de esa semana por la Sierra de Gata. Ojalá se puedan poner en funcionamiento. Sin duda, encuentros como el celebrado en La Escuela del Bosque, llenos de la energía, ilusión, conocimiento y reflexión de jóvenes preocupados por el renacimiento sostenible del mundo rural y su mejor interrelación con lo urbano, propician la puesta en valor de una riqueza cultural muy desconocida fuera del propio territorio. En este sentido, Trevejo podría ejercer de emblema serragatino. Hay muchos escollos administrativos y económicos que superar, cierto, pero las ganas y las ideas ya están ahí y habrá que contar con los jóvenes que el día de mañana llevarán las riendas de la sociedad, urbana y rural.