Juan Rebollo Bote

El verano de 2015 no se olvidará fácilmente para los habitantes de la comarca extremeña de Sierra de Gata. Numerosos incendios, nada novedoso por estos lares en los últimos años, han mantenido en vilo durante varios días a autóctonos y visitantes. Pero se ha llevado la palma, hasta el momento en que se escriben estas líneas, el originado en el término municipal de Acebo el día 6 de agosto y que ha provocado la evacuación de varios pueblos de la zona y la pérdida cuantiosa de fincas, ganado y vegetación. Más de 8.000 hectáreas ha podido llevarse el fuego por delante. El viento ha motivado el descontrol de las llamas, pero no sólo. En efecto, los árboles de repoblación, pinares principalmente, han propiciado la terrible y rápida expansión del fuego.

Detrás de estos desastres está casi siempre la mano del ser humano, si es que se puede llamar así a alguien que pone en peligro la vida de sus convecinos y en suspense temporal la riqueza natural y económica de la comarca a cambio de quién sabe qué beneficio. Acaso por venganza territorial, quizá para venta de madera quemada o tal vez para recalificar el terreno amparado por leyes de sospechosa legitimidad. Obviamente el/los asesino/s de Sierra de Gata, pues atenta/n contra la vida natural de la comarca, son los más directos responsables de tales desgracias, mas tampoco el/los único/s. Aquellos que incentivan pues, aunque sea indirectamente, a realizar estos actos por lucro económico, deberían ser acusados igualmente.

Pero el daño ya está hecho y ahora toca volver a recuperar lo perdido y volver a convertir Sierra de Gata en sinónimo de bosque verde, ecología y riqueza natural. Habría que replantearse la política de repoblación forestal de la comarca teniendo como primera y más valiosa opinión la de los vecinos sierragateños, en especial los viejos del lugar (que me perdonen semejante adjetivo), pues ellos son los que mejor conocen el territorio y su flora y fauna. Sí, aquellos que todavía saben leer a la naturaleza desde el propio campo y que aún adivinan la hora tan solo con mirar la posición del sol. El monte no se puede dejar en manos de cualquier adinerado que quiera aprovecharse de lo idílico del paisaje para construir y obtener el beneficio rápido. El valor ecológico y cultural debe estar por encima de cualquier rentabilidad económica. Al fin y al cabo es la propia naturaleza y actividad tradicional lo que mantiene con vida a comarcas históricamente marginadas como ha sido la Sierra de Gata.

Baste como muestra de la riqueza cultural de esta región la antiquísima consideración que los lugareños tienen de uno de sus bienes más preciados, el árbol. Fue en 1805 cuando un párroco de la localidad sierragateña de Villanueva de la Sierra decidió homenajear a aquel ser vivo que ha convivido siempre con los humanos e implantó, nunca mejor dicho, la Fiesta del Árbol, la primera conocida en el mundo. ¿Qué mejor vinculación histórica de esta comarca con la naturaleza? Si a ello le añadimos la existencia por estos territorios de árboles singulares como el Cedro de Gata, de más de doscientos años de edad, o la propia Magnolia de los Durán de Villanueva de la Sierra, tenemos demostración suficiente para considerar a estos pobladores del bosque sierragateño como la esencia comarcal.

El dolor es grande en el Norte de Extremadura. Foto: AlmazaradeSanPedro.com

El dolor es grande en el Norte de Extremadura. Foto: AlmazaradeSanPedro.com

Dicen que no hay mal que por bien no venga. Quizá el nefasto acontecimiento del 6 de agosto pudiera servir para establecer el día de la Sierra de Gata y hacer de la plantación de árboles, de la reconstrucción del bosque y de solidaridad del ser humano para con la naturaleza, la seña de identidad de esta comarca olvidada, desconocida y fascinante del noroeste de Extremadura en su frontera con el hermano portugués. Los sabios ancianos del lugar han de tomar la palabra y coger las riendas de esta nueva oportunidad pues su experiencia y amor a la tierra han de ser hoy más que nunca el motor del mundo rural.